Era Sonia. Estaba sola en casa y me propuso ir con ella. Sabia que no seria facil convencer a mis padres para que me llevaran al pueblo, pues apenas llevabamos medio dia alli. 
Cogí el móvil, los cascos y me fui a pasear. Al salir avise a mi abuelo para que mi madre no entrar en cólera por no decírselo. Mi abuelo contesto lo de siempre.
– Disfruta, ahora que puedes.
Esas palabras me hacían reflexionar. Tenia casi dieciocho años y sin embargo no había disfrutado de nada.
Llegué a un pantano cerca de la finca. Aquel sitio me traía muchos recuerdos. De pequeña, mi padre solía llevarme a ese lugar para escuchar las ranas. En alguna ocasión se hizo con una lancha para montar dentro...claro de todo eso hacia mucho. Ahora mi padre no tiene tiempo. Es profesor de universidad y claro, siempre tiene muchas cosas que hacer.
Me senté en una roca frente al agua y empece a lanzar algunas piedras, mientras tanto pensé que no había sabido nada de las chicas desde ayer y decidí llamar a Sara.
– ¡¡Hola flor!! - dije alegremente.
– Tia... estaba dormida...
– ¿¿Todavia?? ¿Sabes que hora es? ¿ a que hora os fuistes?
– A las cinco y media y porque me acompaño Mario...
– Marioo...uhhh, ¿y? ¿ No vas a contarme nada mas...? - insisti
– Gisel, cariño. Te llamo mas tarde..muak!
Casi sin terminar esa frase me colgó. Al poco sonó de nuevo el móvil, lo cogí sin mirar quien era porque suponía que era Sara de nuevo. Para mi sorpresa era mi madre.
– Gisela, ¿se puede saber donde estas? Te estamos esperando. La abuela ha hecho magdalenas.
– Vale. Ya voy.
– Cinco minutos tienes. - contesto.
Llegué a casa de mis abuelos y estaban todos sentados. Esperándome. También estaban unos vecinos de mis abuelos que pasaban solo el verano en esa casa.
– Puff..¡¡Que planazo!!- pensé.- Ojalá y pudiera desaparecer.
Mi hermana empezó como siempre a molestarme. Como no rechisté, empezó a darme patadas por debajo de la mesa. Estaba a punto de levantarme y gritarle cuando me sonó el móvil.
– Lo siento, pero tengo que contestar.
Fue la excusa perfecta para irme y no volver a ese infierno.
Tuve que volver a echar mano a esa imaginación que tantas cosas buenas me había dado. Aun así, sabia a ciencia cierta que con mi madre no habría posibilidad alguna, por eso no dude en ir directamente a mi padre.
– Oye papi... ¿puedo hablar contigo? - comencé mi intento.
– Dime hija.- me respondio enseguida.
– Es que acaba de llamarme Sonia, que sus padres se han ido de viaje y bueno.. es que me ha dicho que no le gustaria pasar la noche sola...y..
– Ni hablar jovencita.- contesto mi madre desde la otra punta de la mesa.
– Pero mamá...es que tiene miedo..y me ha invitado a dormir alli..
– ¡Eduardo! Que ni se te pase por la cabeza decirle que si..
– Tranquilízate Clara. Que no es para tanto. Es normal que su amiga no quiera pasar la noche sola...no creo necesario montar este espectáculo.
– ¿ De que espectáculo me estas hablando? Precisamente tú eres el que mas tiene que callar...siempre contradiciendome, siempre quedando del padre perfecto. Claro ya esta Clara para quedar de mala, la que no deja hacer nada...¿pero sabes que te digo? Que hagas lo que te de la gana. Me voy a la cama.- gritó mi madre.
Me sentí bastante mal, pero lo cierto es que no llevaba ninguna razón Con mi padre todo era distinto. El trataba de razonar, de negociar algo que nos convenciera a las dos partes... pero con mi madre siempre era un no rotundo.
Mi padre se fue a la cocina. Cogió una copa y se sirvió un poco de vino. En los momentos difíciles mi padre solía hacer eso. Como si se relajara haciéndolo.
– Papá. Lo siento, no quería que os enfadarais.- dije mientras me acercaba lentamente.
– No te preocupes, Gisel. No es culpa tuya.
– Ya pero...bueno..nunca había visto así a mamá. En verdad no creo que la dejes de mala ni mucho menos...pero contigo es distinto...
– Prefiero no hablar de eso...¿mira sabes lo que haremos?
– Mmmm.. pues no..aun no me lo has dicho.- respondí riéndome.
– Vamos a ir a por tu amiga y que pase aquí el fin de semana con nosotros. ¿te parece?- pregunto mientras cogía las llaves del coche.
– Me parece genial. Voy a llamarla.
Así lo hice. Le pedí que estuviera preparada para cuando llegásemos y que se echara el pijama y algunas cosillas.
Después de unos cuarenta minutos de viaje llegamos a casa de Sonia. Por una vez no tuvimos que esperarla. ¡¡Era casi un milagro!!
– ¡¡Hola guapa!!- me dijo al subir al coche.
– ¡¡Me encanta tu camisa!! Seguro que es de la nueva temporada...¿no?- le vacile.
– Por favor Sonia, llámame Eduardo.
– Como quiera. Gracias por venir a buscarme... la verdad que no quería quedarme sola...
– Bueno, espero que allí te lo pases bien.
– Seguro que si.




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